¿Por qué una persona mayor sigue llamando a su madre? Explicaciones y consejos

Cuando una persona mayor llama a su madre, incluso si ha fallecido hace décadas, la reacción común de quienes la rodean oscila entre la incomprensión y la preocupación. Este comportamiento, frecuente en geriatría, se debe a mecanismos precisos relacionados con la memoria, el apego y a veces con la enfermedad de Alzheimer. Comprender estos mecanismos cambia la forma de responder.

Teoría del apego y figura materna en la persona mayor

La palabra “mamá” no es una palabra más. En psicología, la madre representa la primera figura de apego, aquella que encarna la seguridad desde los primeros meses de vida. Este vínculo, forjado en la infancia, no desaparece con la edad: se reactiva en momentos de vulnerabilidad.

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En las personas con demencia o que enfrentan una pérdida de autonomía, el llamado a la madre funciona como un reflejo de búsqueda de reassurance. El dolor, un cambio de lugar, una hospitalización o simplemente la caída de la noche son suficientes para desencadenar esta necesidad. El cerebro, privado de sus referencias habituales, se vuelve hacia el vínculo más antiguo y profundo.

El fenómeno de una persona mayor que llama a su madre no traduce, por tanto, un regreso a la infancia en el sentido literal. Se trata de un llamado a la figura de apego: la palabra “mamá” es un atajo emocional hacia un sentimiento de protección, no una confusión sobre la identidad del interlocutor.

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Enfermedad de Alzheimer y confusión temporal: dos mecanismos distintos

Una persona mayor que llama a su madre no está necesariamente afectada por la enfermedad de Alzheimer. Varios mecanismos, distintos en el plano neurológico, pueden explicar este comportamiento.

Cuidadores sosteniendo la mano de un hombre mayor desorientado en una habitación medicalizada, representando el acompañamiento de personas con trastornos cognitivos

En el contexto de la enfermedad de Alzheimer, la memoria reciente se borra progresivamente mientras que los recuerdos antiguos resisten más tiempo. La persona puede realmente creer que su madre está viva, porque la información relacionada con su fallecimiento ya no es accesible. No es una elección, es una alteración neurológica de la memoria episódica.

Paralelamente, personas mayores sin demencia severa también pueden llamar a su madre, especialmente al final de la vida. Los profesionales en cuidados paliativos observan una frecuencia aumentada de estas referencias maternas en las semanas que preceden al fallecimiento. En este caso, el mecanismo se relaciona más con un intento de dar sentido al final de la vida que con un síntoma patológico.

Distinguir estas dos situaciones permite adaptar la respuesta. Una consulta con un médico sigue siendo pertinente para evaluar si otros síntomas (pérdida de orientación, dificultades de lenguaje, olvido de seres queridos) sugieren una patología neurodegenerativa.

Respuestas racionales y su efecto contraproducente sobre el enfermo

Los equipos de EHPAD y de servicios de Alzheimer comparten un hallazgo clínico: corregir a la persona a menudo agrava la angustia en lugar de calmarla. Responder “Pero, por favor, tu madre ha estado muerta durante treinta años” obliga al enfermo a revivir el duelo en tiempo real, como si recibiera la noticia de su fallecimiento por primera vez.

Esta reacción, comprensible en un cuidador agotado, produce un círculo vicioso. La persona mayor siente una angustia aguda, llora, luego olvida el intercambio, antes de volver a hacer la misma pregunta unos minutos después. El cuidador, por su parte, acumula la fatiga emocional de repetir esta corrección.

Los enfoques recomendados por los profesionales en gerontopsiquiatría se basan en un principio: validar la emoción en lugar de corregir el hecho. Concretamente, esto puede tomar varias formas:

  • Reformular en torno al sentimiento expresado: “Estás pensando en tu mamá, la extrañas” permite reconocer la emoción sin confirmar ni desmentir la realidad del fallecimiento.
  • Proponer un anclaje sensorial: una foto familiar, una música asociada a un recuerdo feliz, un objeto familiar pueden redirigir la atención hacia un sentimiento de seguridad.
  • Mantener un contacto físico reconfortante (mano sobre el brazo, proximidad tranquila) que responda a la necesidad de apego sin pasar por el lenguaje.

Rol del cuidador familiar ante estos llamados repetidos

Escuchar a un padre llamar a su propia madre altera la jerarquía familiar habitual. El hijo adulto, a menudo convertido en el cuidador principal, se convierte en testigo de una vulnerabilidad que nunca había visto en su padre. Esta discrepancia provoca culpa, impotencia, a veces irritación.

Mujer mayor de pie en una cocina mirando por la ventana con una expresión nostálgica, evocando los llamados a la madre relacionados con la enfermedad de Alzheimer

Las dificultades del cuidador en esta situación específica merecen ser nombradas. Repetir diariamente una respuesta benevolente a la misma pregunta requiere una regulación emocional que nadie puede mantener indefinidamente. El agotamiento del cuidador no es un fracaso personal, es una consecuencia previsible de la carga cognitiva y afectiva.

Algunas pautas concretas para los cuidadores familiares:

  • Identificar los momentos del día en que los llamados a la madre se multiplican (a menudo por la noche, período conocido como “sundowning” en los trastornos cognitivos) y adaptar el entorno: luz suave, rutina tranquilizadora, presencia reforzada.
  • Hacerse ayudar por otros miembros de la familia o por profesionales. Un cuidador que nunca toma un descanso acaba por no poder ofrecer la paciencia que la situación exige.
  • Consultar a un médico si la angustia de la persona mayor se vuelve permanente: causas médicas (dolor no expresado, efecto secundario de un tratamiento, infección urinaria) pueden amplificar la confusión y los llamados.

El llamado a la madre en una persona mayor, ya sea relacionado con la enfermedad de Alzheimer, con el final de la vida o simplemente con un momento de angustia, narra la persistencia del primer vínculo humano. Para quienes rodean a la persona, la respuesta más efectiva sigue siendo la más simple: acoger la emoción expresada y responder con presencia en lugar de con corrección factual.

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